Desde el año 668 antes de Jesucristo hasta el año 393 de la era cristiana
tenían lugar, cada cuatro años, juegos que constituían la más importante de
las fiestas nacionales griegas. Toda Grecia se reunía en Élide, comarca de la
Grecia Antigua. El nombre de Olimpia no designaba una ciudad, sino más bien una
reunión de templos y de monumentos públicos, erigidos con motivo de esos
juegos. Entre esos templos, el más hermoso era el de la Júpiter. en cuya nave
se elevaba la estatua de¡ dios, obras de Fidias. Los vencedores, entre los
aplausos del pueblo, eran coronados en el templo, a los pies de dicha estatua,
cuyos 20 metros de altura se alzaban imponentes, mostrando a Júpiter sentado en
el trono, con la imagen de la Victoria, toda de oro macizo, en la mano derecha.
Sahumerios especiales habían conferido a la estatua de marfil el color de la
piel humana. Las vestimentas que le ceñían la

cintura y llegaban hasta los pies, eran también de oro puro.
Estamos en el 450 a. d y se está terminado de construir el impresionante templo
de Zeus, para el que no se escatiman medios: los mejores escultores de Grecia
trabajan en él. Los dos frontones representan los preparativos de la
competición atlética de Pelópe y Enomao para obtener la mano de Hipodamia, y
la lucha entre lapitas y centauros en la boda de Piritoo. Estos frontones, junto
con las metopas, serán considerados no sólo el más importante conjunto
escultórico del estilo severo, sino las más notables series escultóricas del
arte clásico griego junto con el Partenón. Su autor, de quien no se sabrá el
nombre, será conocido como el Maestro de Olimpia. Pero nos queda por ver lo
mejor del templo: la estatua de Zeus. Para realizarla se ha llamado nada menos
que al más famoso de entre todos los escultores de la antigua Grecia: Fidias.
Su estilo, por su plasticismo, por su equilibrio en la elección de temas, en la
composición y en las gradación de los efectos del claroscuro, por su
representación esencial, sin ser detallada, del cuerpo humano, por su
majestuosa y noble serenidad, y por su armonía de formas, consigue ser la
encarnación de los ideales del arte griego.
Fidias pone manos a la obra representando al dios sentado sobre un trono. La
inmensa estatua no puede ser más llamativa a la vista: Fidias emplea la
técnica crisoelefantina, consistente en cincelar sobre marfil y añadir por
encima oro, representando la carne y las vestiduras del personaje. Y además de
todo esto, el trono está adornado por diversas pinturas. Fidias empleará más
de un año en llevar a cabo la estatua, lo cual nos da idea de su gran tamaño y
de su detalle y calidad. A diferencia de las dos maravillas anteriores, esta va
a perdurar durante bastante tiempo: unos mil años, hasta que los terremotos que
se producirán en el siglo VI d. de C. destruyan el templo en su mayor parte.
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