El aura de misterio que envuelve a la Gran Pirámide de Keops no deja de sorprendernos con nuevos secretos. Parece que cuanto más se avanza en las investigaciones, más nos alejamos en el descubrimiento de sus misterios ocultos.
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Nombre Moderno: Gran Pirámide, Pirámide de Keops Nombre Jeroglífico: El Horizonte de Khufu (Akhet Khufu) Rey: Keops o Khufu Período: Imperio Antiguo - 2.686 - 2.125 AC - IV Dinastía Base: Original: 230,38 m (promedio de los cuatro lados) Altura: Original: 146,6 m; Actual: 138,75 m Angulo de Inclinación: 51° 50' 35" Tipo: Pirámide Verdadera Ubicación: Giza Condición: Excelente, exceptuando el revestimiento de caliza el cual fue removido en épocas anteriores |
Cuando Keops, faraón de la IV dinastía, en el año 2640 antes de
Jesucristo, ordenó la erección de una tumba que por su altura y majestad
debía ocultar el sol, se destinaron para ello 100.000 esclavos que trabajaron
durante 20 años. Eran negros, hebreos y berberiscos hermanados por los mismos
sufrimientos. Juntos compartieron el escaso alimento, derramaron su sangre bajo
el mismo látigo de los guardianes y murieron por las mismas fatigas. Para que
nadie pudiera conocer la entrada de la celda sepulcral, a la terminación de la
obra los sobrevivientes fueron ejecutados.
Durante esos 20 años, Egipto conoció privaciones y miserias. Se cerraron los
templos, se redujeron las ceremonias religiosas, se aplicaron fuertes impuestos
y se ordenó a los hombres libres ayudar a los esclavos. Dos millones
trescientos mil bloques calcáreos de dos toneladas y media de peso cada uno,
fueron levantados uno encima de otro hasta 147 metros de altura.
Para cumplir esa enorme tarea se disponía de escasas y elementales maquinarias:
los mineros utilizaban cuñas de madera mojada que, clavadas en la piedra, la
quebraban al dilatarse; los transportadores acarreaban los bloques a lo largo
del Nilo sobre enormes balsas, y luego sobre trineos hasta la meseta de Al Gizah,
recorriendo una ruta que había costado diez años de trabajo.
Los esclavos encargados de la pirámide levantaban los bloques de una a otra
grada, más con la fuerza de sus brazos que con la rudimentarias grúas formadas
con troncos de árboles, las únicas conocidas.
Cinco mil años pasaron desde entonces. La pirámide de Keops, única
sobreviviente de las siete obras que los antiguos llamaron "maravillas del
mundo", queda, casi intacta, como grandioso testimonio de una civilización
desaparecida.

Han pasado ya cerca de cinco mil años hasta nuestros días, y la humanidad
todavía no ha realizado nada semejante. La más pequeña de las tres pirámides
de Gizeh multiplica varias veces el peso de la mayor de las construcciones
modernas; y es que los aparejadores de nuestros días se las verían y se las
compondrían para enfrentarse con esos enormes bloques de piedra, difíciles de
manejar hasta para las más potentes grúas. Cuando pensamos en que los antiguos
egipcios carecían de máquinas, que movían las enormes piedras sólo con el
esfuerzo físico de cuadrillas de docenas de trabajadores, nos parece un
milagro. De hecho, ni siquiera los propios egipcios fueron capaces de superarlo:
continuarían construyendo pirámides durante siglos y siglos, sin llegar a
igualar el esplendor de las pirámides de Gizeh, que sorprendentemente, fueron
de las primeras que se construyeron.
Como corolario, citaré dos testimonios célebres: el de Abd-ul-Latif, que dijo
"Todas las cosas temen el tiempo, pero el tiempo tiene miedo a las
pirámides"; y el de Napoleón, que comandó una expedición a Egipto
cuando era Primer Cónsul, y pronunció las conocidas palabras "Desde lo
alto de estas pirámides, veinte siglos nos contemplan".
Pero aún nos queda una visita que realizar en la llanura de Gizeh: la de la
esfinge. Esta escultura, que representa a un león con rostro humano (se cree
que representa al faraón Khafra; al menos, viste sobre la cabeza el típico
klaft, manto que llevaban los faraones) es contemporánea de las pirámides,
mide 70 metros de longitud y 20 de altura. Para construirla, aprovecharon un
montículo de caliza en la llanura, que labraron y completaron con bloques de
piedra. Cuando ya contaba con mil años de edad, el faraón Tuthmosis IV hizo
esculpir entre sus patas una escena representando un sueño, en el cual la
esfinge le daba el trono en recompensa por haberla salvado de morir sepultada
bajo la arena del desierto. Otros mil y pico años más tarde, en la época
romana, se excavó un santuario en el seno de la esfinge. Y cuando la esfinge ya
superaba los cuatro mil años, estas modificaciones posteriores pasaron a ser
destructivas en vez de constructivas: los iconoclastas primero, y los mamelucos
después, mutilaron el monumento, dañando sus ojos y arrancándole su nariz.
Vemos aquí un primer ejemplo, aunque desgraciadamente no el último, que
demuestra que entre las capacidades del hombre se encuentra no sólo el
construir maravillas, sino también el destruirlas.
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