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Un poco de humildad nunca viene mal. - Publicado: Mar Abr 18, 2006 5:15 am |
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CONTEMPLANDOSE.
Si yo me justificare, me condenaría mi boca; si me dijere perfecto, esto me haría inicuo;
si fuese íntegro, no haría caso de mí mismo, despreciaría mi vida.
Job 9, 20-21
He aquí que soy vil; ¿qué te responderé? Mi mano pongo sobre mi boca.
Job 40, 4
No hay nada más incomprensible para la depravada naturaleza heredada de nuestros primeros padres que el orgullo y la humildad. Y nada lo hace más comprensible que la luz de la Palabra de Dios: la Santa Escritura y la medida en que ésta se incorpore a nuestra experiencia.
El odio es consecuencia natural de nuestro orgullo de la vida, que hace que nos elevemos por encima de lo que realmente somos, según nuestra propia opinión, ante Dios y el prójimo. Creemos ser algo en virtud de nuestras propias fuerzas, méritos y facultades, de lo que consideramos nuestras virtudes... todo lo cual, desde luego, estimamos como un patrimonio propio. Cuando alguien dice o hace algo que choca con nuestra propia soberbia, nos sentimos ofendidos: a priori, lo que otro haga o diga no es nunca tan correcto como lo que yo haga o diga. La magnitud del agravio no se mide por la agravio en sí, sino por el desmesurado aprecio que tenemos por nosotros mismos: La ofensa no es grave en sí, sino por lo que nos afecta a nosotros: "¡a mí...!". Por lo tanto, el alcance y la gravedad de la presunta ofensa no es sino los que marca nuestro orgullo.
Si nos damos cuenta cabal de lo que Dios es y lo que nosotros somos ante El, veremos claramente que no hay motivo de orgullo en nosotros mismos: no somos nadie (y esto no es sólo un dicho popular, sino una sencilla y aplastante verdad). Lo que podemos firmar como iniciativa propia es el hervidero de malos sentimientos, egoísmos infantiles y nocivos, hostilidad, miedos y tantas otras lacras más de nuestra depravada naturaleza caída.
Conocido y aceptado esto, es fácil recibir cualquier agresión, sabiendo que no somos nada por nosotros mismos; nada lo suficientemente importante como para dar valor a una ofensa, y menos aún para devolverla con violencia.
Si ante Dios reconocemos que no somos nada, nada nos podrá ofender: así que, apartándonos de lo que nos perjudica o nos hace peligrar, hagamos en nuestro corazón que no exista realmente tal ofensa. No que nos neguemos ante los hechos, no que nos ceguemos ante la realidad... sino que no nos valoremos tanto como para ser objeto perjudicado de unos y otra.
El humilde no se ofende, pues se conoce a sí mismo. No sintiéndose nada, nada pues, puede ofenderle. Ni busca reconocimiento de los hombres ni de ellos recibir honor y, por la misma razón, tampoco espera de ellos ofensa ni deshonor.
Muchos creen que ser humilde es rebajarse, bajar la cabeza, hablar bajito y privarse de todo lo que sea alegría. Es exactamente la descripción que hacía del cristianismo y de los cristianos Federico Nietzsche, el filósofo alemán. Pero el humilde sabe, mejor que nadie, gozar de los dones de Dios, tanto materiales como espirituales: porque conoce de dónde proceden y, al gozarlos, lo hace con gratitud al Dador, sabiendo ciertamente que todo don y sana alegría proceden de Dios, fuente de agua viva.
Y lo que ello implica es que el humilde no tiene por qué hablar bajito, sino que basta con que lo que diga carezca de altanería, sin necesidad de adoptar un antinatural tono acomplejado de voz cuando habla. Disfrutará de la vida tanto más cuanto menos espere de ella, por cuanto lo que reciba lo percibirá como un maravilloso regalo. Y su alegría puede ser exultante, porque estará libre de la frustración que un arrogante arrastra tras de sí al codiciar sin conseguir, metódicamente, aquello que no tiene. El humilde no baja la cabeza. Simplemente se muestra como es, natural, sin complejo de superioridad pero, igualmente, sin complejo de inferioridad.
Además, y al no verse forzado a fingir, despliega una personalidad que otros descubrirán en él antes que en la forzada pantomima de un arrogante.
Porque la humildad no es gesticular, lo que aparentemente piensa Nietzsche, cuya receta, dicho sea de paso, no pudo salvarle de las fobias y manías que hasta su muerte padeció. Ni está reñida con la firmeza y la seguridad en los comportamientos. Ni mucho menos está prescrita por las Escrituras: Esto habla y exhorta y reprende con toda autoridad. Nadie te menosprecie.
La humildad es de corazón, como enseñaba Jesús, a quien no se puede acusar de falta de personalidad; ni siquiera los ateos, que tendrán que reconocer que su figura ha marcado inequívocamente la veintena de siglos que han transcurrido desde su nacimiento.
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