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JOSÉ JAVIER ESPARZA
Atenas recibió a los espectadores del Festival de Eurovisión con dos argumentos de impacto. El primero, una coreografía de la que surgió un dios Apolo que parecía sacado de algún tugurio de CSI-Miami. El segundo, dos presentadores voladores que descendieron desde los cielos; una de las mayores horteradas que nos ha sido dado ver incluso en este Festival, dicho sea con admiración. En el micrófono de TVE-1 estaba Beatriz Pécker, con esa facilidad suya para tomarse en serio todas las cosas. Beatriz leía un guión que parecía fabricado en una oficina de prensa de las de ahora; los dos o tres chistes que metió pasaron del todo desapercibidos.
En cuanto a las actuaciones, créame: las vi todas. ¿Todas! Pero cualquier juicio convencional palidece ante el hecho más bárbaro de la noche: la victoria de Finlandia, que se presentó en el festejo con un grupo de sujetos disfrazados como los orcos de 'El señor de los anillos' y los villanos de 'Conan el Bárbaro', berreando voces horrísonas en un remedo de rock satánico que quizá, después de todo, haya que tomarse en serio. Los finlandeses (Lordi, se llamaban) venían avalados por una bien gestionada polémica y por la ya habitual campaña en Internet.
«El rock os salvará», nos decían. Se ve que el público, sea esto lo que fuere, ha optado por la provocación. «Gracias, amantes de los monstruos», rezaba un cartel de los finlandeses para agradecer al público sus votos. Pero si yo fuera finlandés, no podría dormir tranquilo. ¿Y esto, Dios mío, es Europa? Me temo que sí. Estamos perdidos. Respecto a la participación española, es difícil poner paños calientes. Lo de «nuestra gran representación» pudo ser más lamentable, pero sólo con esfuerzo. Empezando por la escenografía, con esas butacas alineadas de peluquería, y siguiendo por las voces, desafinadas a conciencia, la actuación de Las Ketchup tuvo un aire como de astracanada en película de Almodóvar, pero sin gracia, salvo en ese momento en que la espalda de un bailarín pareció doblarse bajo el peso de una de las cantantes.
Puede imaginarse el éxito de la actuación entre el público europeo: 'nos' votaron Andorra y Albania, grandes potencias musicales; nadie más, y sería injusto reprochárselo. Tras el chasco, TVE-1 aún tuvo arrestos para organizar un programa especial. Era lo previsto, ciertamente, pero, dadas las circunstancias, el público habría entendido que se suspendiera. Salió Carlos Lozano con Massiel, Salomé y algunos periodistas de la casa para 'analizar' la actuación de Las Ketchup. Los hay masoquistas. La única realidad 'analizable' es esta: RTVE lleva muchos rotundos fracasos en Eurovisión. Alguien debería hacer algo. O no, casi mejor que no hagan nada.
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