Sexo anal

SUEGRA ANAL

relatos hetero La madre de mi mujer se mudó a nuestra casa al poco de divorciarse de mi suegro. Carmen, que así se llama, es una mujer muy sexy de 45 años que da mucha importancia a su aspecto físico. Incluso va al gimnasio todos los días para mantener su cuerpo firme y en forma. A pesar de ello, su hija le gana en lo que a atractivo corporal se refiere


Una noche, mientras Carmen estaba fuera, Irene y yo aprovechamos para tener una de nuestras orgías privadas. Desde que su madre se había venido con nosotros no habíamos podido disfrutar de una tranquila noche de sexo salvaje. El sexo anal es una de nuestras prácticas favoritas y eso es lo que estábamos haciendo justo cuando la madre de Irene nos vio. Dando por hecho que no había nadie en casa, no nos habíamos molestado en cerrar la puerta de nuestra habitación. Pero, Carmen volvió a casa más pronto de lo esperado.

Irene y yo estábamos de espaldas a la puerta y yo bombeaba mi polla dentro y fuera de su culo. Irene estaba a cuatro patas sobre la cama y yo, al levantar la vista, vi el reflejo de su madre en el espejo de la habitación. No dije nada, pues me di cuenta de que Carmen no sabía que yo podía verla. Se quedó allí de pie un rato con una expresión en la cara que era mitad de sorpresa, mitad de fascinación.

El saber que mi suegra estaba viendo follarme el estrecho culo de su hija me puso increíblemente cachondo. Cambié de posición para que Carmen pudiese ver mi dura polla cada vez que salía del culo de Irene, para inmediatamente volver a hincársela hasta los huevos.

- Mmmm... Irene... -gemí en voz bien alta, para que Carmen me escuchase claramente- Qué sensación tan increíble es sentir tu culo rodeando mi polla.

Esto excitó más aún a Irene y, poco después, nos corrimos los dos a la vez entre fuertes gritos de placer. Para cuando Irene y yo hubimos acabado, Carmen ya había desaparecido.

A la mañana siguiente yo estaba desayunando con Carmen. Irene ya se había ido a trabajar. No hablamos mucho, pero yo aún disfrutaba del recuerdo de cómo ella había admirado tan ávidamente mi polla mientras entraba y salía del culo de su hija. Carmen aún llevaba puesta su bata y se le veía gran parte de sus grandes pechos. Mi polla se puso dura al imaginármela quitándose la bata y dejándome ver por fin aquel cuerpo tan sexy en toda su gloriosa desnudez.

Con un irrefrenable deseo de hacerme una paja, acabé rápidamente de comer y me fui a darme una ducha. Justo cuando estaba enjabonándome la polla, oí que alguien entraba en el baño. Solo podía ser Carmen.

- Tranquilo, soy yo -dijo mi suegra- He entrado a por mi albornoz.

Vi cómo empezaba a remolonear por el baño, fingiendo que buscaba el albornoz, pero sin apartar la vista de la ducha. Se movía de un lado a otro de la habitación intentando conseguir una mejor perspectiva visual de mi desnudo cuerpo. La puerta de nuestra ducha es de cristal, pero con el vapor no podía verme con demasiado detalle. Armándome de valor abrí la puerta.

- Creo que es esto lo que buscas -dije- ¿Quieres verla más de cerca?

Me miró fijamente mientras yo acariciaba lentamente mi verga. Se había quedado paralizada ante mí, sin saber exactamente qué hacer. Decidí que era ahora o nunca, no debía dejarla pensar más.

- Quítate la bata y entra a la ducha conmigo -le sugerí- Si te portas bien, tendrás un poco de lo que anoche le estaba dando a tu hija."
- ¿Sabias que estaba mirándoos? -reaccionó por fin, con una ligera expresión de humillación.
- Claro, te vi por el espejo -le dije- Y no sabes lo cachondo que me puso saber que estabas viéndome dándole por el culo a tu hija.
- A mí... también me gustó -confesó.
- ¿Sabes qué pensaba mientras me follaba a Irene? -pregunté y ella negó lentamente con la cabeza- En que su culo no tiene nada que envidiar al tuyo. No te creas que no me he fijado en él. Tienes un culo precioso, hecho para follar.
- ¿De veras? -dijo, tomando la iniciativa y acercándose lentamente a mí- Y, ¿qué te gustaría hacer con él?
- Me encantaría ponerme detrás de él y embestirlo con pasión -afirmé rotundo- Jugaría con tus espléndidas tetas mientras tanto.

Era fácil comprobar cómo le excitaba la forma en que le estaba hablando. Unos instantes después estaba desnuda conmigo en la ducha. Nos pasamos bastante tiempo solo besándonos y sintiendo cada uno el cuerpo del otro. Masajeaba con ambas manos mi furiosa polla y mis huevos mientras yo apretujaba sus grandes tetas y exploraba con algunos dedos su excitado coño. Al rato, me cogió la polla y empezó a enjabonármela otra vez.

- Te deseo ahora -me suplicó- Házmelo ahora, por favor.
- ¿Que te haga qué? -dije arrogantemente- Quiero que lo digas, Carmen.
- Fóllame... ¡Folla mi culo ahora! -exclamó, presa del deseo.
- Te pones tan sexy cuando hablas así -dije, mientras le daba la vuelta y empezaba a recorrer con mi polla la raja de su firme culo de arriba abajo- Cuando llene tu precioso culo con mi polla, quiero que digas lo mucho que te gusta.

La incliné hacia adelante y le puse la punta de mi polla en la entrada de su culo. Se quedó completamente quieta cuando la penetré lentamente, pero en cuanto se acostumbró al intruso que había entrado en su cuerpo, empezó a gemir y a mover sus caderas en círculos mientras me la follaba. Rodeé su cuerpo con mis brazos y empecé a jugar con sus tetas y ella en contestación comenzó a hablarme suciamente. Metía y sacaba mi tiesa polla de su estrecho culo sin cesar y Carmen se excitaba cada vez más.

- ¡Oooh, sí! ¡Llena mi culito con tu polla! -gritó de repente.

Su culo estaba tan caliente que yo no podría aguantar mucho más. Sus movimientos eran demenciales, no podía quedarse quieta y aquello me hacía volverme loco. Al notar que mi orgasmo se iba acercando empecé a embestir con más rapidez.

- ¡Toma puta, toma mi caliente semen en ese culo tan cachondo que tienes! -grité, fuera de mí.

Me corrí como un volcán en erupción, con mi suegra frotándose furiosamente el clítoris mientras se corría al mismo tiempo que yo. Era la primera mujer, sin contar a la mía, con la que follaba en casi seis años, y solté una carga de semen que llenó sin duda su pequeño agujero. Embestí con avidez su estrecho culo hasta que me quedé seco del todo. Entonces se giró y me dio un profundo y excitante beso, aplastando sus enormes tetas contra mi pecho.

- Dios, de verdad que necesitaba algo así -dijo- Hacía mucho tiempo que no me sentía tan satisfecha.

Cuando Carmen acababa de venirse a vivir con nosotros, Irene estaba preocupada por si me cansaba de tenerla dando vueltas todo el día por la casa. Después de aquello, lo único que sentí fue que no se hubiese mudado antes...


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